Stmo.Cristo de la Expiración


Imagen del Santísimo Cristo, gentileza de Miguel Angel Castaño (Albatrosfoto).

IMAGEN DEL SANTÍSIMO CRISTO DE LA EXPIRACIÓN


La venerada Imagen del Santísimo Cristo de la Expiración es una talla realizada en madera por el acreditado escultor Juan Luis Vasallo Parodi en el año 1950, en sustitución de la antigua y tradicional imagen del Cristo, siendo inspirada en gran medida en la anterior.
“Copiando con toda fidelidad la imagen actual en madera y adaptando la mascarilla de ésta sobre la de la nueva talla, policromándose luego con la mayor semejanza a la actual”.

Fotografías de la imagen primitiva del Cristo (Archivo de la Hermandad. 1940).

El Cristo antiguo, era de principios del siglo XVII y realizado de cartón encolado, siendo sustituido a causa de su deterioro. El primitivo se incineró y las cenizas se depositaron en el pecho de la nueva talla. Esta nueva imagen, la actual que procesiona, conserva todas las características de la antigua, tal como puede comprobarse observando grabados o fotografías en los que aparece la talla primitiva del Crucificado.

La Imagen actual presenta gran realismo, que queda acentuado por la melena, de cabellos naturales, que al menor soplo de aire vuelan.

La cabeza está ladeada a la derecha y hacia arriba, en un instante, bastante forzado, como si estuviera emitiendo el último suspiro. Los ojos miran hacia lo alto, la nariz es pronunciada y presenta la boca entreabierta. El rostro tiene un fuerte prognatismo, acentuándose este efecto por la barba, espesa y luenga.

El cuerpo revela una anatomía atlética y musculosa, teniendo en cuenta el gran tamaño de este Crucificado, que es de 1,90 centímetros de altura, rebasando ampliamente la talla media de un hombre. Aquí, siguió Vasallo el modelo arquetípico de los Cristos modernos, tal como se puede observar en otras tallas de épocas cercanas.

Fotografía de la imagen actual gentileza de Froilán Solís (2011).

Se advierte en la época esta anatomía poderosa, existe un “modelo” de Cristo contemporáneo, que se representa como un hombre fornido y robusto, siendo más fácil dar la sensación de una figura pletórica, llena de vida aún, a pesar de los tormentos.

Las rodillas aparecen lastimadas, del cuello brota un hilo de sangre que recorre a la imagen hasta la cintura. Parece que, cuando Vassallo realizó el torso de esta imagen, fue más fiel a sus conocimientos de anatomía humana que al modelado que se había comprometido a copiar exactamente. Así, esa excesiva robustez del Cristo, muy lejos de haber copiado servilmente al Cristo primitivo.

Lleva corona de espinas superpuesta, de plata sobredorada, de finas púas. Las potencias colocadas en la cabeza contribuyen a afianzar esa sensación de poderío y señorío, que es la característica fundamental que advertimos en este Crucificado. El paño de pureza o sudario es de sencillos pliegues, formando un lazo en la cadera derecha, y muestra claramente la soga o cuerda que taladra la carne. Es una imagen, que en su conjunto, resulta monumental.

Fotografía de la imagen actual gentileza de Froilán Solís (2011).

La imagen fue restaurada por Enrique Ortega Ortega en el año 1999, consistiendo en ajustar algunos ensambles, sobretodo de los brazos, y eliminar ciertas deficiencias y grietas de la policromía.

El Santísimo Cristo de la Expiración tiene una grandísima devoción, dentro y fuera de la ciudad, aunque forma parte de la historia jerezana, siendo el reflejo de todo el sentir de un pueblo, por eso, a este Cristo se le considera un símbolo, y se le conoce popularmente por “El Cristo”.


LA ADVOCACIÓN DE LA EXPIRACIÓN DE CRISTO


La expiración es el momento final de la vida de los seres humanos, el límite justo entre la vida y la muerte, el instante final de la vida que aun no se ha acabado sino que entonces exactamente se acaba. Todos los evangelios narran la expiración de Jesús. Dando un fuerte grito, dice San Mateo (27, 30), y repite igualmente Marcos 15, 37). Añade Lucas que además de la fuerte voz hubo plegaria (“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”: Lc 23, 46), y también una reflexión, dice Juan (“Todo está cumplido”: Jn 19, 30), especificando que primero inclinó la cabeza y luego entregó el espíritu. Los tres sinópticos narran la reacción del centurión y los soldados ante la muerte de Jesús, siendo Marcos el que dice expresamente que esta reacción se debió a la forma en que había expirado, y fue aquel primer acto de fe en la filiación divina de Jesús el preludio de millones de otros actos de fe que se han producido ante el Cristo de la Expiración en su paso por la calle: “Verdaderamente: éste es el Hijo de Dios”.

La expiración de Jesús es el momento cumbre de la redención: es entonces cuando dando su vida por nosotros nos redime, nos salva, nos introduce de nuevo en la coordenada que lleva al Reino de los Cielos.

Es el momento en que como Sacerdote se ofrece, el momento en que como Víctima es inmolado, es el momento en que el orbe se estremece en mitad de la oscuridad sobrevenida, es el momento en que se produce la reconciliación entre el cielo y la tierra, es el momento en que se salda la deuda de los hombres con Dios, la cólera divina se aplaca al no perdonar Dios a su propio Hijo y recibir su sacrificio como ofrenda de valor infinito. Es el momento en que se cumple la palabra del propio Jesús:
“Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los que ama … ” (Jn 15, 13).

Grabado del Santísimo Cristo de la Expiración (s.XIX).

LEYENDAS DEL SANTÍSIMO CRISTO


Cuenta la leyenda, que a finales del s.XVI las Clarisas del Convento de Madre de Dios, acogieron a unas comunidad de monjas, de su misma orden, procedentes de Gibraltar. Entre las pocas pertenencias traían, una joya: la imagen del crucificado, de buen perfil, de tamaño natural, expirando y con fama de milagroso, pero realizado en un material no muy noble. Como Hipólito Sancho (historiador) ha documentado, ya en 1504 este convento estaba organizado plenamente y con abadesa, nada obsta a que para 1580 estuviera en él ya la imagen del Cristo.

Su llegada coincidió con una larga sequia que asolaba la campiña jerezana, y como los vecinos del barrio habían empezado a venerarlo desde que lo vieron en la iglesia de las monjas, lo pidieron en esta ocasión para hacer unas rogativas de lluvia, y así, el Cristo, fue sacado en procesión.

Fotografía de la imagen primitiva del Cristo (Archivo de la Hermandad. 1910).

El milagro fue tan rápido y contundente que la procesión no pudo volver al Convento de Madre de Dios, teniendo que refugiarse en la Ermita de San Telmo. Posteriormente, se celebró un triduo en acción de gracias y, a petición del pueblo, autoridades y dominicos, la imagen del Cristo quedó para siempre allí. En 1588 era ya titular de la Hermandad de penitencia denominada de la “la gloriosa Virgen nuestra Señora del Valle y de la Santa Expiración de Nuestro Señor Jesucristo” (nombre que consta en el Acta fundacional).

Cuenta otra leyenda, que los barqueros (gremio de la Cofradía de San Telmo) daban culto a su patrono en la ermita y ofrecían una parte de las ganancias de su lucha con la mar al culto del Crucificado y para mantenimiento del culto a su venerado patrono de San Telmo.

Pero, como quiera que unos barqueros (dos hermanos) no hacían ofrendas ni eran fervorosos, sucedió que saliendo a alta mar desde las playas de San Telmo, es decir, saliendo por la desembocadura del río Guadalete hacia la Bahía, se desencadenó un gran viento y grandes olas agitaban la pequeña embarcación que estuvo a punto de zozobrar.

Llegado el momento del peligro inminente de sucumbir, con todo perdido y sin posiblidad alguna de salvarse, se acordaron estos toscos pescadores del santo patrón de su ermita y se encomendaron a él y a la imagen del Santísimo Cristo de la Expiración.

Fotografía de la imagen primitiva del Cristo (Archivo de la Hermandad. 1926).

En aquel momento, cuenta la tradición, se les apareció como colgado en la vela la imagen del Santísimo Cristo y consiguieron salir de aquella especie de galerna, a pesar de la pequeñez de su barca. Arrepentidos por su tozudez y enfervorizados por el hecho, ofrecieron a la imagen del Santísimo Cristo la vela de su barca, que la colocaron detrás de la Cruz (que entonces era de madera) a modo de respaldo y, con el correr de los tiempos, ha quedado simulada en la que lleva actualmente el Santísimo Cristo de la Expiración, de malla bordada con la Luna y el Sol.

Otro hecho curioso y digno de reseñar, es la “melena del Cristo”. Se tiene constancia de que el Cristo tenía peluca en los s.XVIII y s.XIX, y se la aderezaba un peluquero, aunque no se sabe nada de los anteriores s.XVI o XVII.

En el s.XX, se sabe que una hermana donó hacia 1920 su mata de pelo, para con ella hacerle al Cristo una nueva melena, igual que esa que ahora tiene y con la que juega el viento en la procesión de cada Viernes Santo.

Era una joven de condición modesta, de una cabellera excepcionalmente larga y a la cual debía tener mucho aprecio, ya que a traves de una promesa al Cristo, se cortó lo que más le dolía, su melena, para ofrecérsela en agradecimiento.

Archivo histórico de la Hermandad.

No consintió de ningún modo que su nombre quedara en el libro de actas, solo consta una fotografía como herencia gráfica, así que ha permanecido en el anonimato tras su generosa ofrenda al Señor.

En el reverso de la fotografía se puede leer el siguinte texto:
“Esta señorita doméstica de los…, se dignó cortarse el pelo para hacer una peluca a nuestro Stmo. Cristo – año 1920. Dios se lo pague”

Archivo histórico de la Hermandad.